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Ahora miras el mundo

lunes, 23 de agosto de 2010





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Ahora miras el mundo.
El mundo, que amanece vacío de señales.
Por sendas azuladas se fueron las palomas.
Secos están los cauces en los altos arroyos
en los pozos se aquietan las aguas de la noche.
La alondra con el alba no sale hasta el camino.
Miras caer el fruto desde el árbol y ves que no germina.

Deshabitado el pecho
miras al hombre, cerebral
y aséptico y ajeno, sin poder explicarse
toda la luz que ofrece el universo.
Miras al hombre examinar su pecho,
fríamente su pecho,
avanzar por los sueños no soñados,
calcular las palabras que quedan por decir ,
y hacer suma total y levantar el acta
de todos sus vacíos.

Miras al hombre en su afán resistirse,
orgulloso y erguido en sus deseos
y todopoderoso,
para ser al final la hoja última
en la rama más alta del aliso
que un momento titila con el aura
y después cae y se pudre con toda la hojarasca de la tierra.

Al hombre que cavila

martes, 17 de agosto de 2010


Al hombre que cavila
a solas con su espejo, con su rostro,
una mano lejana le llama en la memoria,
le hace volver atrás, doblar la esquina,
y le convoca a días ya vividos.

A solas con su rostro en el espejo,
al hombre que cavila
se le disuelve el tiempo y la memoria.
Así el humo de aquel antiguo tren
que ocultó los urgentes
pañuelos del adiós.
Así la lluvia, el vaho en los cristales,
el polvo y la hojarasca.

Así la niebla que borra los caminos
y cerca al que camina.
Y no podrá encontrar señales en su vuelta.
Señales como el humo en los tejados,
la marca por el árbol
o alguna piedra erguida.

Ya todo consumado,
con su rostro se queda en soledad
y nada al otro lado del espejo.

Piedra bebemos

jueves, 12 de agosto de 2010


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«con este dulce soplo
que triunfa de la muerte y de la piedra»
A. Machado

Piedra bebemos en la delgadísima savia de los musgos.
Porque sabed que es humana la piedra con su musgo
y se vuelve más tierna
por el mínimo jugo con que fluye en el tiempo
y sale de su invierno detenido,
camina con los meses
y cruza los solsticios,
la mañana -¡tan fresca!-
de San Juan.

Entrad todos conmigo

miércoles, 11 de agosto de 2010


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Entrad todos conmigo en este bosque,

porque en sus musgos tibios

acariciar podréis la suave axila

de nuestra madre tierra y su prohibido sexo.




Dejad rodar las piedras,

ya que vida es caer -así en los sueños-

por un espacio en sombra hasta un valle sin agua

que nos vuelve a sí mismo como un pozo

al fondo de este bosque.




¿Alguien está gritando nuestros nombres?

Sólo un amargo otoño nos rodea

y nos reúne el frío

en su hosco noviembre.




Y si la piedra cae hasta un interminable precipicio

-me refiero a la piedra donde nadie quedaba

a reposar su cuerpo-

y si el otoño avanza y caen las hojas

y llega su diciembre,




sabed: nadie nos llama al fondo de este bosque.

O vaciar día a día





Las ínsulas extrañas

Francisco Álvarez Velasco





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O vaciar día a día
el hondo vaso amargo,
el vaso de este tiempo medido hasta los bordes, 


o bajar a la suave
tibieza de tus sitios umbríos y esperar
que remanse el galope
como una intensa lluvia
de sangre hasta las sienes insaciables.

Porque es cierto que nunca,
nunca podré tenerlo,
si traspaso este instante,
este borde impreciso de la dicha. 

Mujer contra la muerte

Del viejísimo jugo de la tierra

Las ínsulas extrañas

Francisco Álvarez Velasco






La llamarada azul de la mañana

por tus ojos. Y un jugo de continua

primavera en el fruto partido de los labios

que a la vida me invitan.



Me invitan a la vida. Sin embargo,

noviembre entre los chopos

todo un río amarillo camino de su muerte.

La senda que llevamos va llena de señales

de un tiempo glorioso como el nuestro

(el que juntos gozamos

y hoy ya desmoronado como tapias de adobe).



¿Me salvarán tus ojos? ¿Me salvaré en tus labios?

Me salvaré en tus ojos

si miras en el árbol

y encuentras las señales

del ritual misterioso de un tiempo que retorna.

Me salvarán los labios, si en tus labios florece,

como el hierro en la fragua con fuego destellante,

la ardiente rosa roja contra todo el invierno.

Tal vez puedas salvarte






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Tal vez puedas salvarte

si hoy por tu espejo vienen

bandadas de palomas que marcaron

linderos a la infancia

y campanas que fluyen

en altos campanarios

y nos convocan, llaman, están llamando a fiesta.



Cruza, en cambio, una niebla repleta de presencias ignoradas

con el espeso espanto del insomnio.

Y detrás de esta niebla,

otra niebla te llega sin orillas.



Tal vez puedas salvarte

si encuentras los caminos

y otro mundo detrás de los espejos

con mares, playas, islas.

Hay otra vida acaso en ínsulas extrañas

donde estés tú tendida para siempre.

Toda la luz del mundo

Del viejísimo jugo de la tierra



Las ínsulas extrañas

Francisco Álvarez Velasco



5

  
Toda la luz del mundo junto a tu vientre estaba
y allí pude salvarme,
salir de los naufragios.
Venía brisa fresca de algún alba lejana.
La noche sin resaca, cerrada en sus linderos.
 
Era el paso del tiempo
el paso milenario del mármol cuando fluye.
No de otro modo el río
subterráneo se alza
por el pozo y se asoma
al espejo curvado de los cielos azules.
 
Toda la luz del mundo. Y hoy me quema el recuerdo.
 
Bajo lunas efímeras, bosques, sombras, espumas,
altas estrellas claras,
recorría tu cuerpo palpitante y tendido
como ardiente centeno luminoso,
como árbol que cae y sigue floreciendo.
 
Fuiste después arroyo fugitivo.
Hoguera de luz vívida, destellabas remota,
ocaso al rojo vivo de la tarde.
Era yo el caminante y nunca te alcanzaba.
Silenciosa, intangible te alejaste  
por la turbia hojarasca de mi insomnio.
 
Toda la luz del mundo. Y hoy me quema el recuerdo.


Toda la luz del día

Del viejísimo jugo de la tierra




9



Toda la luz del día se aquieta en los espejos.

Detrás de los cristales

ese mundo que gira (de qué siglo a qué siglo)

con su viento sacude las ciudades lejanas,

los trigales de mayo.



Y golpea su lluvia los espesos postigos del silencio,

las esquinas amargas,

la hierba en los escombros,

o la suave tibieza de los nidos de alondra,

o aquel dulce volar

ayer vivo y azul de la luz en tu cuerpo.



Te sueño en ese mundo, y te busco en su tiempo.


Canción 36






Canción 36

No salgas de la noche

porque sucede a veces que de un sueño

se parte hasta otro sueño

en que verás arder la hoguera que nos junta.


Otro sueño en que bebo, estoy bebiendo

la limpia luz del alba

en tu cintura, toda

la luz de los ocasos.

Y mana el agua pura.


Abre la puerta ya para ese mundo

donde suaves fluyen las llamas y la brisa,

la hiedra por los árboles,

y mana el agua pura.


Y la vida es total y fluye para siempre,

como va y como viene

por la playa la espuma,

como caen

los más altos arroyos de la nieve,

o sube hasta nosotros un continuo

brotar de violetas,

como fluye ese vuelo incesante

del bando de palomas hacia el alba,



oh, tú, mujer que vas por ínsulas extrañas

en la noche más clara de tu cuerpo,

do mana el agua pura.